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De Casablanca a Cabo Verde con Asmâa Hamzaoui y Elida Almeida

Imagen de luna

Después del afrobeat, la primera música trance que recuerdo haber escuchado es la gnawa, en Casablanca, hace más de treinta años. Era tan sugerente, tan hipnótica, tan parsimoniosa, tan poderosa, que me quedé atrapada en ella.

Recientemente he descubierto a una virtuosa joven que tañe el guembri, especie de bajo ancestral marroquí utilizado en la cultura Gnawi, que la interpreta prodigiosamente, como una demoledora ‘girrrrl power gnawa’. Responde al nombre de Asmâa Hamzaoui. Nacida en Casablanca hace veinte años, es hija de un maestro (maâlem) de este instrumento, el argelino Rachid Hamzaoui, quien no sólo le inculcó el amor por este instrumento, que empezó a tocar a los siete años, y la música gnawa, sino que, siguiendo la tradición, decidió legárselo como él lo había recibido de otro maestro.

Asmâa Hamzaoui toca el guembri y canta, ha acompañado a su padre durante mucho tiempo y ha colaborado con otros músicos, pero desde hace poco emprendió carrera en solitario con su banda Bnat Timbouktou, junto a su hermana Aïcha. Un grupo de mujeres que continúa desarrollando y expandiendo esta música, a pesar de los prejuicios existentes, con la fuerza implícita del empoderamiento femenino y la osadía de tocar instrumentos, hasta ahora reservados a los hombres, como el guembri o el qraqab (castañuelas dobles). En las tradiciones gnawa las mujeres han ostentado un papel crucial. Eran quienes organizaban todo en las ceremonias íntimas y además bailaban, pero ahora las cosas están cambiando, aunque se las sigue observando con cierto recelo, como bien expresa la propia Asmâa Hamzaoui: “Las principales dificultades que encontré vinieron de la ignorancia de la cultura Gnawi y la presencia de aficionados. Ellos no aceptan que una mujer pueda coger ese instrumento, tocarlo y sentirse confortablemente en su elemento”.

Y desde Cabo Verde, nos llega el segundo disco de Elida Almeida: Kebrada, editado hace apenas unos días, donde realiza un recorrido por los ritmos rurales de su país (batuque, funaná, morna, coladera y tabanka) y de África, y abrigando a músicas de otras latitudes con un fuerte acento latino. Alejada de sus inicios como cantante en una iglesia, con 24 años, Elida ha construido un universo propio donde el amor y la protesta son los ejes de sus canciones. Su paso por la radio local de Maio, donde creció tras la muerte de su padre, y tener que ayudar a su madre como vendedora ambulante, la curtió como mujer decidida y luchadora que reivindica la importancia y la necesidad de la educación, y aprovecha cualquier resquicio para hacer crítica social y transmitir esperanza y orgullo de pueblo a las nuevas generaciones caboverdianas.

Después del afrobeat, la primera música trance que recuerdo haber escuchado es la gnawa, en Casablanca, hace más de treinta años. Era tan sugerente, tan hipnótica, tan parsimoniosa, tan poderosa, que me quedé atrapada en ella.

Recientemente he descubierto a una virtuosa joven que tañe el guembri, especie de bajo ancestral marroquí utilizado en la cultura Gnawi, que la interpreta prodigiosamente, como una demoledora ‘girrrrl power gnawa’." data-share-imageurl="">

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