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Boubacar Traoré, eslabón vivo entre Malí y Mississippi

Imagen de luna

Conocí un poco de la vida de Boubacar Traoré a través del libro Malí Blues de la periodista belga Live Joris, editado en 2011. De hecho, el capítulo dedicado a  Boubacar da título al libro. Ella comenzaba así: “Llevo meses escuchando su triste música. Tan distinta al pop zaireño en boga en este continente que me costaba creer que el cantante hubiera logrado hacerse un hueco en una discográfica inglesa… Ayer le vi en directo. Un bluesman de unos cincuenta y cinco años, enfundado en un traje negro, una gorra a cuadros calada hasta las cejas. Él solo, con su guitarra. A sus pies yacía un micrófono para captar el ritmo que marca a base de taconazos… En un momento dado, Boubacar Traoré interpretó una canción que exaltó a todos los malíes de la sala. <Mali twist>. Muchos se subieron de un salto al escenario para ponerse a bailar. El hombre a mi lado no cesaba de batir palmas, radiante de felicidad. <Está sonando nuestra juventud>, me explicó”…

Boubacar Traoré ha tenido varias epifanías. A los veinte años, en plena euforia por la independencia maliense en 1960, se convirtió en el Chuck Berry y el Elvis Presley de su país, pero inspirado por la cultura mandinga y con una guitarra eléctrica entre las manos, instrumento que aprendió a tocar de manera autodidacta.  Mali twist la compuso en esta época y rezaba “los niños de Malí me llevan hacia arriba / Que todos los jóvenes que vuelven a casa / Construyan la patria”. Una canción que hizo bailar a una generación que respiraba libertad. Pero ocho años más tarde, un golpe militar derroca a Modibo Keita, presidente de la independencia, y las canciones de Boubacar, ya conocido como ‘Kar Kar’, por su manera de driblar jugando al fútbol, desaparecen de la radio. Él se hace agricultor hasta que su hermano le regala una guitarra. Pero no reaparece hasta 1987 cuando unos periodistas de la televisión de Bamako, lo invitan a participar en un programa. El deliro de sus fans se reanuda al comprobar que sigue vivo. Sin embargo, la prematura muerte de su mujer y musa al dar a luz a su último hijo, lo sumerge en un estado de desesperación y vuelve a retirarse.

Se traslada a París como emigrante para trabajar en la construcción y poder alimentar a sus hijos. Un productor inglés lo localiza y en 1990 graba su primer disco Mariama. A partir de aquí Boubacar es reconocido internacionalmente y llega a editar ocho discos, centrados en el dolor, la alegría y las vicisitudes de la vida, y es protagonista del documental Je chanterai pour toi, dirigido por Jacques Sarasin en 2002, en tanto que vuelve a la agricultura y a sus ovejas al regresar de sus giras. En 2016, se mete a grabar de nuevo en Lafayette, Louisiana, y edita Dounia Tabolo en 2017. Un álbum, el tercero para el sello Lusafrica, en el que ha querido explorar nuevos territorios sonoros, haciéndose acompañar de músicos norteamericanos como Cedric Watson al violín y la tabla de lavar, Corey Harris a la guitarra, y la chelista y cantante Leyla McCalla. Dounia Tabolo huele a Malí pero se saborea folk, blues, cajun y zydeco. Malí y Mississippi se dan la mano, se la estrechan y edifican un disco descomunal.

Conocí un poco de la vida de Boubacar Traoré a través del libro Malí Blues de la periodista belga Live Joris, editado en 2011. De hecho, el capítulo dedicado a  Boubacar da título al libro. Ella comenzaba así: “Llevo meses escuchando su triste música. Tan distinta al pop zaireño en boga en este continente que me costaba creer que el cantante hubiera logrado hacerse un hueco en una discográfica inglesa… Ayer le vi en directo. Un bluesman de unos cincuenta y cinco años, enfundado en un traje negro, una gorra a cuadros calada hasta las cejas." data-share-imageurl="">

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