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Quizá el título le resulte incómodo y poco atractivo. Más se parece al de una de esas extrañas conferencias donde supuestos especialistas de las nuevas tecnologías nos dicen qué, cómo, cuándo y a través de qué continuar en el ajo de este oficio tan peculiar llamado periodismo musical. Lo siento de veras, pues hasta hace unas horas pretendía usar como título una pregunta harto provocadora: ¿Existe el periodismo musical?, pero lo cierto es que el cuestionamiento era tramposo y vulgar. No es que este no lo sea, segunda confesión, pero creo que es un buen momento para analizar lo que hay, lo que ya no hay y la encrucijada en la que nos encontramos los miembros de este gremio.
El jazz es como un pájaro que migra o emigra o inmigra o transmigra, saltabarreras, burlaaduanas, algo que corre y se difunde… Julio Cortázar, Rayuela París se me antoja lloviendo, lloviendo como sólo llueve en las páginas del Cronopio Mayor, Julio Cortázar, o en las de Bryce-Echenique y su Guía triste de París. Nunca he puesto un pie en la Ciudad Luz, pero evocarla trae a mi mente el aroma de los cafés, por más que Bryce diga que huele a caquitas de perro. Se me antoja de tal modo y con tal clima; se me antoja altaneramente delicado como una buena pieza de jazz manouche o como un cool armónico y suave.
¿Hasta qué punto soy consciente del extraordinario giro que en tan poco tiempo ha dado la música? Enseguida pensé esto al percatarme de que apenas se van a cumplir cincuenta años desde que el ingeniero Robert Arthure Moog presentó al público, en 1964, su primer Moog Modular Sintetizher, el primer instrumento capaz de crear sonidos completamente sintéticos mediante un teclado. En tan sólo cincuenta años este evento es ya un hecho histórico del que nuestra generación es felizmente deudor. Sin embargo, en su día desató una ola  de rechazo e indignación. Asi lo recuerda Moog en el documental homónimo de Hans Fjellestad con las siguientes palabras: “No era natural, creo que fue la primera respuesta. No era natural y por lo tanto no era correcto.” Si lo analizamos, la respuesta parece natural, teniendo en cuenta que hasta aquel día sólo se conocían los sonidos producidos por los instrumentos de la orquesta: sonidos de maderas y metales, con una potencia a veces limitada, aunque ricos en color y posibilidades interpretativas. Sonidos avalados por siglos de tradición incontable, fundamentados en principios físicos que no requirieron ser descubiertos. ¿Cómo es posible entonces que en tan poco tiempo el sintetizador haya pasado del absoluto rechazo a la absoluta devoción?
Junio de 1950. Chicago, Illinois. Después de tres años como accionistas de Aristocrat Records, los hermanos Philip y Leonard Chess han adquirido la totalidad de la compañía y deciden cambiar su nombre por el de Chess Records, lanzando al mercado el sencillo “My foolish heart” de Gene Ammons en formato de 78 rpm. Ahí comenzó la historia de uno de los sellos discográficos más importantes en la historia del blues y sin la cual no podría comprenderse el nacimiento del rock and roll.
Todo se llenó de pésames con la palabra revolución de fondo. La repetición automática de los medios de masas y el acto reflejo de las redes llegaron a parecer un mero trámite de copypaste dictado por la actualidad. Hablar de revolución en ese contexto no otorga el respeto que se merece a la Caja de Pandora que todo lo remueve. Todos le conocían. ¿Todos le conocían? Lo cierto es que muchas,  por congruencia, nos negamos a repetir el susodicho adjetivo subversivo sin conocimiento pleno de causa. Nos tocó buscar entre las letras-guía de los avezados, en las sinceridades pronunciadas por Paco, en los auriculares nocturnos como membranas temblando verdades. Lógico. Muchos hemos nacido escuchando su guitarra como punto de partida, como sonido ya tomado mientras se siguen creando matices que los no-expertos apenas reconocemos. Como la musicología es inabarcable para nuestro sentimiento -o viceversa-, con respeto, haremos caso al de la Luzía “el flamenco es más fácil de lo que escriben los flamencólogos, es fácil como respirar”. Esto es un homenaje de aire, pues, contra la ignorancia sincera de los coherentes con las rebeliones.
Los relatos de viajes siempre han resultado fascinantes, ya sea porque nos transportan a lugares insospechados o porque nos hacen recordar las aventuras vividas durante nuestras travesías. Me imagino que estas historias cobraban aún más relevancia en el pasado, cuando los trayectos duraban días o incluso meses y que las distancias aún no se habían acortado gracias a las nuevas tecnologías. En la actualidad, por más lejos que se encuentre un punto en el mapa, podemos tener referencias (por muy vagas que estas sean) del estilo de vida o de la música que se escucha en un país. ¿O no?
Quizá la culpa sea del cine o de los videoclips. Quizá los lugares comunes que nos contamos sobre la música sean menos comunes de lo que pensamos. Quizá no todo músico callejero sea un romántico fiel a la música o un olvidado de la mano de la fortuna. A veces no puedo evitar pensarlos así, como en el video de Zaz cantando en Monmartre o como Playing for change interpretando “Stand by me” en muchas calles del mundo.
Durante mucho tiempo y en muchos espacios se habló mucho de lo mucho que Alfredo Zitarrosa hizo en los muchos espacios y tiempos en los que vivió. Se escribieron tantísimos libros sobre su vida y obra que podría resultar machacón traer el cuento de vuelta. Todo nos lo ha contado ya el poeta Saúl Ibargoyen y Eduardo Erro y Guillermo Pellegrino y Mónica Salinas. Pareciera que no hay nada nuevo que contar veinticinco años después de su prematura muerte.
Lou Reed siempre formó parte intrínseca de mi existencia. Antes de Trainspotting. A mil novecientos noventa y cinco, cuando como afirma Legs McNeil “todo mundo se había convertido en víctima”, ahorré, robé y mendigué hasta la humillación para comprarme el box set de The Velvet Underground. Pobre de mi abuela, le pido perdón hasta donde se encuentre por birlarle aquellos billetes que escondía detrás del Sagrado Corazón de porcelana. Ahora sé, no lo digo como consuelo o como excusa, que ella comprendía cuánto necesitaba yo esa caja con los cuatro cd’s, (que todavía conservo como un tributo a la difunta). A partir de ese momento Lou Reed se volvió una constante (y una inconstante) en mi vida. Hasta el día de su muerte. El domingo que falleció me obsequió un último presente
La belleza emanada del piano de Bill Evans se nutre de muchas fibras, tanto técnicas como del alma, que lo llevaron a alcanzar lo sublime en múltiples ocasiones. Más allá de sus probadas aptitudes en el piano, esta figura indiscutible contaba con sólidos conocimientos en técnica, composición y armonía musical desde joven, los cuales le permitieron compartir créditos en los ensambles más afamados en el mundo del jazz al lado de nombres como Miles Davis, Lee Konitz, Charles Mingus, Cannonball Adderley, John Coltrane, Tony Bennett, entre muchos otros. Pero a diferencia de varios de sus contemporáneos quienes incursionaron en distintas fusiones musicales y estilos de vanguardia, él se ancló firmemente al campo purista del jazz. 
Para muchos, el nombre de Roberto Torres no dice demasiado. Quizá se le recuerde, de llana manera, por ser el intérprete de la versión más famosa de “Caballo Viejo”, canción originalmente compuesta por el venezolano Simón Díaz. Resulta curioso que uno de los músicos más importantes de Cuba haya sido olvidado tan fácilmente, mucho más en tiempos donde lo viejo y lo oriundo han cobrado tanta fuerza. Hagámosle un poco de justicia.
Efectivamente, un poema hecho balada. La armónica conjunción que se logra con la conformación de cada una de las partes de “Blue in Green” la convierten en el detalle de distinción que engalana la cadencia de Kind of Blue. Sentimiento profundo, un hito del feeling en balada y un interludio de pausa virtuosa, son algunos atributos que definen a esta indudable joya musical. Pieza fundamental de la que es, probablemente, la obra maestra del jazz.
En ocasiones como estas, cuando un nuevo ciclo comienza quiero decir, vale la pena detenerse a explorar ciertos tópicos que regularmente damos por sentado y dejamos de apreciar. Por ejemplo, paladear letra a letra cada palabra que escribimos y descubrir la maravilla que las une y les da sentido; devorar la meticulosa inmensidad de un nudo en la tabla de nuestra mesa de trabajo o, como en este caso, aventurarse en ciertas minucias de ese elemento que da sentido a la música, el sonido.
Gilles Lipovetsk y Jean Serroy, en 2010, publicaron La cultura-mundo. Respuesta a una sociedad desorientada, texto en el que hacen expresa su preocupación por la relación entre la concepción, producción y difusión de los productos de interés cultural con los individuos de las sociedades posmodernas.
Si nos pidieran describir a Charles Mingus en una sola palabra que encerrara su fuerza, su talento, su historia, su actitud como músico y su música misma, si a alguien le pareciera adecuado tal ejercicio, sin lugar a dudas podríamos decir “espeluznante”: que desordena los cabellos de la cabeza, que nos eriza el pelo o las plumas, que causa horror.
Estudios más centrados en los cambios físicos han demostrado que aparte de su cualidad anti estresante, la música puede inducir cambios en el metabolismo, o incluso en la conductividad eléctrica del cuerpo. Así, no es extraño encontrar casos en los que la música ayuda a reducir dolor o incluso a salir del coma.
El treinta de diciembre del año pasado, en la sección dedicada a cuestiones musicales y artísticas del reconocido periódico El Mundo, aparece una de las imágenes más icónicas de la fusión musical, un clásico, y algo más que una simple fotografía: Camarón de la Isla portando una Stratocaster. Esta simple “imagen” sugiere mucho más que al mesías del flamenco ejecutando un instrumento electrónico. El que este venerado artista se haya dejado retratar contento y alegre con esa guitarra, clásico de clásicos, supone lo que para muchos ha sido un tema tabú: la evolución y la fusión del flamenco con otros géneros.
Entre la Tierra de la Sinfonía y la Isla del Jazz se extiende el Mar de la Discordia; un amor prohibido y secreto crece entre sus príncipes: el del jazz, un saxofón, la de la sinfonía, un violín. Una guerra se despliega entre ambos reinos cuando el amor sale a relucir y el príncipe saxofón cae preso en la Tierra de la Sinfonía. Como todas las buenas historias de amor, esta acaba en una boda y se construye el Puente de la Armonía para unir ambos reinos.
La percepción del infrasonido no sólo se limita al oído. Si bien ciertas especies animales pudieron escuchar los infrasonidos procedentes del fenómeno, otras probablemente se valieron de sus aguzadas terminaciones táctiles para percibirlo. Y es que el término “infrasonido”, además de antropocéntrico, parece también pecar de audiocéntrico.
La música existe ya como una actividad económica en la Edad Media, pero a pesar de ser reconocida como tal, aún no se transforma en mercancía. Para que dicha transformación se efectuara fueron necesarios dos procesos fundamentales: la estabilización del mercado y la generación de los recursos técnicos que permitirían almacenar en un soporte físico la obra musical.

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