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Hace cien años, durante la Gran Guerra, el bolero emergió como el género romántico por excelencia, impulsado por la industria discográfica y el Cine de Oro mexicano.  Actualmente su popularidad no ha disminuido pese a que lo tiempos han cambiado vertiginosamente. ¿Cuál será entonces el secreto del Universal Bolero?
Se dicen tantas cosas de España como se dicen de cualquier otro rincón del mundo. Nublada la visión por los prejuicios y los lugares comunes perdemos de vista el detalle, la multitud de minucias que enriquecen una cultura. Pero agucemos el oído y rindamos honor a quien honor merece… con ustedes Pere Pubill Calaf, Peret, el Rey de la Rumba.
Estandarte del bebop, rebelde en esencia y técnica. Thelonius Monk rompió y reorganizó las estructuras del jazz a voluntad. Dijo lo que muchos no pudieron o no se atrevieron. Él, con su piano, abrió un camino a la vanguardia y a la creatividad, pero más que nada… a la libertad. 
Hace ya 100 años que nació el célebre percusionista, bailarín, cantante y compositor Chano Pozo. Su vida y muerte son aún una leyenda y aunque breve, su legado no tiene parangón en la historia del jazz y la música afrocubana. 
Tras los Juegos Olímpicos de 1992, Barcelona sufrió un cambio positivo y tendió puentes hacia otras culturas. A uno de esos puentes le llamaron “música mestiza”, un término que en España convenció durante un tiempo, pero que pronto se agotó. Al otro lado del Atlántico, el término se utilizó poco, pero se agradeció bastante. Hoy les comparto un poco de aquella historia. 
Cada suceso de la humanidad digno de ser contado, también resulta digno de ser cantado. Es así como a lo largo de la historia encontramos piezas musicales que han acompañado gestas heroicas, campañas militares, revoluciones y movimientos sociales. La crisis social que desató el ataque que perpetraron policías municipales en contra de alumnos de la Escuela Normal Raúl Isidro Burgos de Ayotzinapa en el que seis personas fueron asesinadas y otras 43 fueron víctimas de desaparición forzada ha generado, además del encono de la sociedad mexicana e internacional en contra del Estado, una serie de manifestaciones musicales que muestran el malestar y el descontento de la población.
De cuando en cuando al mundo de la música arriban historias increíbles y completamente descabelladas que posicionan o reposicionan a sus personajes en el gusto de la gente. Rumores un tanto ridículos que se han integrado al folklore popular casi como hechos históricos, aunque nunca se hayan comprobado. Por supuesto, el rock es uno de los géneros que más leyendas abriga bajo su ala: desde el supuesto implante de vaca en la lengua de Gene Simmons hasta la idea de que Elvis Presley sigue vivo, pasando por mitos como el de que Paul McCartney murió en 1966 y fue remplazado por un doble o aquel que relata cómo los integrantes de Led Zeppelin ataron a una groupie para introducir en su cuerpo pedazos de tiburón.
“El jazz no es solamente música…” resulta, probablemente, una de las frases más reveladoras sobre este concepto. El jazz es la crónica de lo humano, es la expresión de los contextos, es circunstancia, es causa y es efecto. “Fui a dar con una trompeta, estudié y toqué”. Destensas los límites y fluye el torrente con facilidad. ¡Qué sencillo! Parece corriente la fórmula: casualidad, disciplina y efecto.
Quizá el título le resulte incómodo y poco atractivo. Más se parece al de una de esas extrañas conferencias donde supuestos especialistas de las nuevas tecnologías nos dicen qué, cómo, cuándo y a través de qué continuar en el ajo de este oficio tan peculiar llamado periodismo musical. Lo siento de veras, pues hasta hace unas horas pretendía usar como título una pregunta harto provocadora: ¿Existe el periodismo musical?, pero lo cierto es que el cuestionamiento era tramposo y vulgar. No es que este no lo sea, segunda confesión, pero creo que es un buen momento para analizar lo que hay, lo que ya no hay y la encrucijada en la que nos encontramos los miembros de este gremio.
El jazz es como un pájaro que migra o emigra o inmigra o transmigra, saltabarreras, burlaaduanas, algo que corre y se difunde… Julio Cortázar, Rayuela París se me antoja lloviendo, lloviendo como sólo llueve en las páginas del Cronopio Mayor, Julio Cortázar, o en las de Bryce-Echenique y su Guía triste de París. Nunca he puesto un pie en la Ciudad Luz, pero evocarla trae a mi mente el aroma de los cafés, por más que Bryce diga que huele a caquitas de perro. Se me antoja de tal modo y con tal clima; se me antoja altaneramente delicado como una buena pieza de jazz manouche o como un cool armónico y suave.
¿Hasta qué punto soy consciente del extraordinario giro que en tan poco tiempo ha dado la música? Enseguida pensé esto al percatarme de que apenas se van a cumplir cincuenta años desde que el ingeniero Robert Arthure Moog presentó al público, en 1964, su primer Moog Modular Sintetizher, el primer instrumento capaz de crear sonidos completamente sintéticos mediante un teclado. En tan sólo cincuenta años este evento es ya un hecho histórico del que nuestra generación es felizmente deudor. Sin embargo, en su día desató una ola  de rechazo e indignación. Asi lo recuerda Moog en el documental homónimo de Hans Fjellestad con las siguientes palabras: “No era natural, creo que fue la primera respuesta. No era natural y por lo tanto no era correcto.” Si lo analizamos, la respuesta parece natural, teniendo en cuenta que hasta aquel día sólo se conocían los sonidos producidos por los instrumentos de la orquesta: sonidos de maderas y metales, con una potencia a veces limitada, aunque ricos en color y posibilidades interpretativas. Sonidos avalados por siglos de tradición incontable, fundamentados en principios físicos que no requirieron ser descubiertos. ¿Cómo es posible entonces que en tan poco tiempo el sintetizador haya pasado del absoluto rechazo a la absoluta devoción?
Junio de 1950. Chicago, Illinois. Después de tres años como accionistas de Aristocrat Records, los hermanos Philip y Leonard Chess han adquirido la totalidad de la compañía y deciden cambiar su nombre por el de Chess Records, lanzando al mercado el sencillo “My foolish heart” de Gene Ammons en formato de 78 rpm. Ahí comenzó la historia de uno de los sellos discográficos más importantes en la historia del blues y sin la cual no podría comprenderse el nacimiento del rock and roll.
Todo se llenó de pésames con la palabra revolución de fondo. La repetición automática de los medios de masas y el acto reflejo de las redes llegaron a parecer un mero trámite de copypaste dictado por la actualidad. Hablar de revolución en ese contexto no otorga el respeto que se merece a la Caja de Pandora que todo lo remueve. Todos le conocían. ¿Todos le conocían? Lo cierto es que muchas,  por congruencia, nos negamos a repetir el susodicho adjetivo subversivo sin conocimiento pleno de causa. Nos tocó buscar entre las letras-guía de los avezados, en las sinceridades pronunciadas por Paco, en los auriculares nocturnos como membranas temblando verdades. Lógico. Muchos hemos nacido escuchando su guitarra como punto de partida, como sonido ya tomado mientras se siguen creando matices que los no-expertos apenas reconocemos. Como la musicología es inabarcable para nuestro sentimiento -o viceversa-, con respeto, haremos caso al de la Luzía “el flamenco es más fácil de lo que escriben los flamencólogos, es fácil como respirar”. Esto es un homenaje de aire, pues, contra la ignorancia sincera de los coherentes con las rebeliones.
Los relatos de viajes siempre han resultado fascinantes, ya sea porque nos transportan a lugares insospechados o porque nos hacen recordar las aventuras vividas durante nuestras travesías. Me imagino que estas historias cobraban aún más relevancia en el pasado, cuando los trayectos duraban días o incluso meses y que las distancias aún no se habían acortado gracias a las nuevas tecnologías. En la actualidad, por más lejos que se encuentre un punto en el mapa, podemos tener referencias (por muy vagas que estas sean) del estilo de vida o de la música que se escucha en un país. ¿O no?
Quizá la culpa sea del cine o de los videoclips. Quizá los lugares comunes que nos contamos sobre la música sean menos comunes de lo que pensamos. Quizá no todo músico callejero sea un romántico fiel a la música o un olvidado de la mano de la fortuna. A veces no puedo evitar pensarlos así, como en el video de Zaz cantando en Monmartre o como Playing for change interpretando “Stand by me” en muchas calles del mundo.
Durante mucho tiempo y en muchos espacios se habló mucho de lo mucho que Alfredo Zitarrosa hizo en los muchos espacios y tiempos en los que vivió. Se escribieron tantísimos libros sobre su vida y obra que podría resultar machacón traer el cuento de vuelta. Todo nos lo ha contado ya el poeta Saúl Ibargoyen y Eduardo Erro y Guillermo Pellegrino y Mónica Salinas. Pareciera que no hay nada nuevo que contar veinticinco años después de su prematura muerte.
Lou Reed siempre formó parte intrínseca de mi existencia. Antes de Trainspotting. A mil novecientos noventa y cinco, cuando como afirma Legs McNeil “todo mundo se había convertido en víctima”, ahorré, robé y mendigué hasta la humillación para comprarme el box set de The Velvet Underground. Pobre de mi abuela, le pido perdón hasta donde se encuentre por birlarle aquellos billetes que escondía detrás del Sagrado Corazón de porcelana. Ahora sé, no lo digo como consuelo o como excusa, que ella comprendía cuánto necesitaba yo esa caja con los cuatro cd’s, (que todavía conservo como un tributo a la difunta). A partir de ese momento Lou Reed se volvió una constante (y una inconstante) en mi vida. Hasta el día de su muerte. El domingo que falleció me obsequió un último presente
La belleza emanada del piano de Bill Evans se nutre de muchas fibras, tanto técnicas como del alma, que lo llevaron a alcanzar lo sublime en múltiples ocasiones. Más allá de sus probadas aptitudes en el piano, esta figura indiscutible contaba con sólidos conocimientos en técnica, composición y armonía musical desde joven, los cuales le permitieron compartir créditos en los ensambles más afamados en el mundo del jazz al lado de nombres como Miles Davis, Lee Konitz, Charles Mingus, Cannonball Adderley, John Coltrane, Tony Bennett, entre muchos otros. Pero a diferencia de varios de sus contemporáneos quienes incursionaron en distintas fusiones musicales y estilos de vanguardia, él se ancló firmemente al campo purista del jazz. 
Para muchos, el nombre de Roberto Torres no dice demasiado. Quizá se le recuerde, de llana manera, por ser el intérprete de la versión más famosa de “Caballo Viejo”, canción originalmente compuesta por el venezolano Simón Díaz. Resulta curioso que uno de los músicos más importantes de Cuba haya sido olvidado tan fácilmente, mucho más en tiempos donde lo viejo y lo oriundo han cobrado tanta fuerza. Hagámosle un poco de justicia.
Efectivamente, un poema hecho balada. La armónica conjunción que se logra con la conformación de cada una de las partes de “Blue in Green” la convierten en el detalle de distinción que engalana la cadencia de Kind of Blue. Sentimiento profundo, un hito del feeling en balada y un interludio de pausa virtuosa, son algunos atributos que definen a esta indudable joya musical. Pieza fundamental de la que es, probablemente, la obra maestra del jazz.

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